
La mente justifica las elecciones del corazón
Esta sencilla máxima revela la esencia de la toma de decisiones humana. Dentro de nuestros corazones se encuentran nuestros verdaderos motivos, agendas y suposiciones subyacentes. Nuestros corazones determinan nuestro carácter y la clase de persona que seremos. Como demuestran cientos de pasajes de las Escrituras, es vital en nuestro camino cristiano entender y guardar nuestro corazón. El corazón es un indicador clave de la lucha humana, salvos o no salvos, y nuestras vidas y estilo de vida verdaderamente fluyen de él.
Como el agua refleja el rostro, así la vida del hombre refleja su corazón. —Proverbios 27:19

Comprender nuestras motivaciones aporta claridad a cada aspecto de la vida, desde cómo interactuamos con nuestras familias hasta cómo evaluamos las noticias. Estos catalizadores pueden revelarse fácilmente en discusiones, debates e interacciones humanas cotidianas. Cuando cuestionan nuestros intereses, las emociones se disparan y el cerebro empieza a buscar munición (conversaciones pasadas, estadísticas e incluso referencias bíblicas) para justificar su postura. Enfatizamos todo lo que defiende nuestra opinión y omitimos lo que no. Así pues, debemos tener en cuenta las agendas que subyacen a nuestras suposiciones, ya que estas son las que, en última instancia, conforman nuestra visión del mundo, dan sentido a nuestras circunstancias y definen nuestro sentido de importancia y propósito, tanto personal como socialmente.
Dentro de nuestro corazón se encuentra la raíz de nuestras justificaciones, ya sea para bien o para mal, sobre la cual construimos los razonamientos de nuestra mente. Recurrimos a los recursos de nuestra mente y cerebro para justificar nuestras elecciones. Hacemos esto constantemente y, a menudo, sin saberlo, para justificarnos o defender la Palabra de Dios en la medida en que esta vive en nuestros corazones.
Estas supuestas realidades y motivaciones del corazón se denominan presuposiciones. Una presuposición es un conjunto de ideas basadas en creencias espirituales y agendas. Todo ser humano opera dentro de un conjunto de presuposiciones. De hecho, todo estudio humano y clasificación del conocimiento está sujeto a estas suposiciones, ya sean conscientes o inconscientes.
Muchas personas (si no la mayoría) no son conscientes de sus propias presuposiciones, y mucho menos de aquellas que impulsan los influyentes campos académicos y los medios de comunicación. Como creyentes, tenemos el papel, tanto en la presentación del Evangelio como en la apologética cristiana, de ayudar a la gente a descubrir sus propias agendas y exponer las agendas ocultas de quienes tratan de influir en el pensamiento de las masas. La conciencia presuposicional nos permite tamizar hasta las ideas raíz. Todo ser humano tiene una agenda. Dios tiene una agenda. El diablo tiene una agenda. La pregunta es: ¿Cuál es tu agenda? ¿Y qué presuposiciones guían esa agenda?
Las Escrituras dejan claro que nuestros corazones deben ser examinados y guardados, para que no nos desviemos. Incluso después de la salvación, nuestra propensión al pecado requiere una transformación continua del corazón y la renovación de nuestra mente. Como oró David en el Salmo 51:10: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí». David ya era salvo y caminaba con el Señor desde hacía algún tiempo, pero reconoció que su corazón necesitaba un cambio.
Reflexionar sobre «la mente justifica lo que el corazón ha elegido», es un ejercicio para examinar nuestros corazones y ver si estamos alineados con Dios, Sus caminos y Sus agendas. Es una herramienta indispensable para discernir los corazones de los demás, navegar discusiones y analizar información. Recuerda esta frase y úsala para hacerte las preguntas correctas a ti mismo y a los demás, a fin de entablar conversaciones y tomar decisiones auténticas y reales.
Por sobre todas las cosas, guarda tu corazón, porque todo lo que haces fluye de él. —Proverbios 4:23
Porque los ojos del Señor se extienden por toda la tierra para fortalecer a aquellos cuyo corazón está plenamente entregado a Él. —2 Crónicas 16:9
